martes, 11 de marzo de 2008
EN MOTO POR SAIGON
lunes, 11 de febrero de 2008
LA BATALLLA DE DIEN BIEN PHU (II PARTE Y FIN)

La victoria francesa sobre los vietnamitas en Na Sanh fue el factor determinante para que el comandante Henri Navarre pusiera todas sus esperanzas en el nuevo asentamiento en Dien Bien Phu. Su gran error, y el que a la postre supuso su derrota, fue el de pasar por alto las grandes diferencias que mediaban entre ambos enclaves. En Na Sanh, por ejemplo, los franceses controlaban las tierras más altas, disfrutando así de un contundente apoyo de la artillería. En Dien Bien Phu, en cambio, la situación era la inversa: el Vietminh controlaba la mayor parte de las posiciones elevadas alrededor del valle y su artillería superaba a la de los franceses en un ratio de 4 a uno. El propio Vo Nguyen Giap comparó de una manera muy gráfica el fuerte de Dien Bien Phu con un cuenco de arroz, en el que sus tropas ocupaban el borde y los franceses la base. Pero no era ésta la única diferencia: Giap había cometido un error de peso en Na Sanh al lanzar a sus hombres en un temerario ataque frontal que a la postre resultó precipitado. En Dien Bien Phu, en cambio, se tomó el tiempo necesario para acumular munición y emplazar de la mejor manera sus piezas de artillería pesada y sus cañones antiaéreos, antes de realizar el más mínimo movimiento. Ojeadores voluntarios inspeccionaron día tras día el campamento francés y tomaron nota de las posiciones de su artillería. Se construyeron cañones falsos de madera, tan grandes como los auténticos, mientras que los reales iban rotando para confundir al fuego francés de respuesta. Por último, y quizás sea éste el factor definitivo, mientras que en Na Sanh el apoyo aéreo nunca fue neutralizado, en Dien Bien Phu los vietnamitas disponían de suficientes baterías antiaéreas como para hacer imposible la llegada de refuerzos. Como con acierto tituló su libro sobre la batalla el escritor Bernard B. Fall, estaba a punto de vivirse “un infierno en un lugar muy pequeño”.
En total los franceses habían conseguido reunir unos 16.000 hombres en el frondoso valle de Dien Bien Phu, incluyendo las tropas regulares de élite, legionarios extranjeros, aviesos tiradores argelinos y sicarios marroquíes, sin olvidar la infantería local reclutada en la misma Indochina. El Vietminh por su parte movilizó unos 50.000 hombres, distribuidos hábilmente entre las colinas que rodeaban el valle. El fuego se abrió finalmente el 13 de marzo cuando, para sorpresa de los franceses, los vietnamitas lanzaron un ataque masivo de artillería. Dos posiciones fueron rendidas con el coste de 2.500 vidas, entre ellas la del coronel Piroth, jefe de artillería, que incapaz de responder al fuego enemigo decidió quitarse la vida haciendo explosionar una granada de mano en el interior de su tienda de campaña. Fue enterrado en el más riguroso de los secretos para evitar minar la moral de los soldados franceses.
Las tropas del Vietminh habían colocado su artillería en los lugares más escarpados de las montañas, cavaron trincheras a mitad de campo y cortaron con sus baterías antiaéreas cualquier tipo de suministro o de refuerzo. La llegada del monzón empapó los campos y el erizo inexpugnable que había pretendido ser Dien Bien Phu pronto quedó completamente aislado y a merced del fuego vietnamita. Para aquel entonces la batalla ya estaba perdida y los propios vietnamitas comparaban la situación con la de un elefante agónico que se desangraba poco a poco.
El asalto final dio comienzo el 1 de mayo, y 6 días después, el Vietminh alcanzaba el cuartel general y obligaba al comandante Christian de Catries a presentar su rendición. Al menos 2.200 hombres de los 16.00 habían caído del lado francés, mientras que los vietnamitas perdieron unos 8.000 de los 50.000 que se estima participaron en la batalla. La victoria del Vietminh propició los acuerdos de Ginebra, que dividieron Vietnam en norte y sur a la altura del paralelo 17. Las tensiones entre el norte comunista y el sur fueron pronto en ascenso y la llegada de las primeras tropas estadounidenses aquel mismo año convirtieron al Vietnam del Sur en un protectorado militar. El terreno estaba sembrado para que estallara la Segunda Guerra de Indochina, más conocida como guerra de Vietnam.
La derrota francesa en Indochina mermó sensiblemente el prestigio del imperio colonial francés, en especial en el norte de África, de donde procedían muchos de los soldados que lucharon en Dien Bien Phu. Corría el año 1956, Marruecos y Túnez acababan de ganar su independencia, y los sonidos de sable se escuchaban ya en el desierto argelino.
domingo, 10 de febrero de 2008
LA BATALLA DE DIEN BIEN PHU (I PARTE)
Si una batalla ha resultado decisiva en la reciente historia de Vietnam, ésta fue sin duda la de Dien Bien Phu, que en 1954 decantó del lado vietnamita la victoria en la Primera Guerra de Indochina y que supuso además el fin de la presencia francesa en el sudeste asiático. La batalla, que tuvo lugar entre marzo y mayo del año 1954, terminó con una de las derrotas más contundentes en toda la historia militar francesa, dando paso, ese mismo año, a la firma de los acuerdos de Génova que ponían fin a la guerra que enfrentaba a ambos países desde 1946, y que decidían la división del país en dos mitades, la Norte bajo el yugo comunista, y la Sur de influencia francesa. Ya a comienzos de 1953 la guerra no marchaba bien para los franceses. El ejército galo se mostraba incapaz de reprimir la insurrección del Vietminh. Las tropas revolucionarias, que por aquel entonces lideraba Ho Chi Minh, amenazaban las posiciones galas en Laos, por lo que sus mandos decidieron reforzar las defensas en el Norte del país, con la intención de lanzar desde allí una serie de ofensivas contra los campamentos y las líneas de abastecimiento de los vietnamitas.
Fue ésta la misión que recibió del primer ministro francés Rene Mayer, el comandante Henri Navarre, que asumió desde aquel momento el mando de las tropas francesas en Indochina. Poco sospechaba entonces el giro que pronto iban a tomar los acontecimientos.
Influenciado por el coronel Louis Berteil, Navarre decidió que la propuesta del primero, conocida como la táctica del erizo, era la más adecuada para cortar las líneas de abastecimiento que mantenían activos a los soldados vietnamitas en el norte de Laos. La idea era sencilla a la par que arriesgada: consistía en crear asentamientos fortificados en los parajes más agrestes del noroeste vietnamita, abastecidos con materiales y hombres lanzados desde el aire, y así conseguir una posición de fuerza justo en la zona en la que los hombres del Vietminh campaban más a sus anchas. Se establecieron en poco tiempo varios de estos campamentos erizo, como el de Lai Chau cerca de la frontera china o el de Plain de Jarres y Luang Prabang en el norte de Laos. Pero fue sin duda el asentamiento en Na Sanh, el que produjo un éxito más temprano y el que sirvió para convencer definitivamente a Navarre de la viabilidad de aquella estrategia. Corría la primavera del año 1953 cuando el general Vo Nguyen Giap decidió lanzar un ataque masivo contra la posición francesa en Na Sanh. Después de varios días de encarnizada batalla, los vietnamitas salieron derrotados, dejando tras de sí 1.544 cadáveres y casi 2000 heridos que huyeron despavoridos a las montañas. El general Giap, que por aquel entonces no era todavía un héroe de guerra, acababa de perder una gran batalla pero, como suele decirse en estos casos, no la guerra, y eso era algo que pronto los franceses comprobarían en sus propias carnes.
Fue en noviembre cuando Henri Navarre escogió Dien Bien Phu como un lugar estratégico para colocar su siguiente campamento fortificado, y eso a pesar de la oposición de la mayor parte de sus oficiales, que consideraban, y así se lo hicieron saber, que aquel asentamiento implicaba demasiados riesgos. Sin embargo, envalentonado con la victoria en Na Sanh, Navarre decidió seguir adelante y dispuso todo lo necesario para que se iniciara el traslado.
El 20 de noviembre de 1953, a las 10:35 de la mañana, dio comienzo la que se bautizó como Operación Castor, con el lanzamiento de unos 9.000 hombres en el intervalo de tres días. Navarre escogió para esta misión a un comandante de la vieja escuela llamado Christian de Castries, decisión que a la postre se revelaría equivocada. Como señala Phillip B. Davidson en su libro “Vietnam at war”, Castries era un oficial de caballería en la tradición del siglo dieciocho, ideal para una batalla móvil como la preveía Navarre, pero no el más adecuado para una defensa estática, en el más puro estilo de la Primera Guerra Mundial, como pronto tendría lugar en Dien Bien Phu.
sábado, 9 de febrero de 2008
¿SAIGON O HO CHI MINH?
La ciudad de Saigón fue construida sobre una antigua población jemer, un pequeño pueblo de pescadores conocido como Prey Nokor. Durante siglos fue una zona pantanosa, una inmensa ciénaga apenas habitada por los jemeres, sus pobladores originales. Fue en 1623 cuando el rey Chey Chetta II de Camboya permitió a los primeros vietnamitas instalarse en el área de Prey Nokor, por aquel entonces perteneciente a la corona camboyana, refugiados en su mayoría que huían de la guerra civil que enfrentaba a las dinastías Trinh y Nguyen más al norte. La ciudad de Saigón fue fundada en el año 1698, cuando el noble vietnamita Nguyen Huu Canh fue enviado desde Hue para fundar una prefectura en la zona, arrebatando las tierras a la entonces debilitada Camboya. A finales del siglo XVIII Saigón se había unido ya al actual barrio de Cho Lon convirtiéndose así en el principal centro comercial de la región. En 1859 la ciudad cayó bajo el yugo de las tropas francesas, que la escogieron como capital de su colonia en la zona: la Cochinchina. La ciudad entonces inició un rápido proceso de modernización, adquiriendo en pocos años el aire afrancesado que la hizo tan reconocible y evocadora. Un pedacito de Francia en el lejano Oriente. Dos tranvías señoriales atravesaban los bulevares sombreados que dibujaban el corazón de la ciudad y los barcos de vapor surcaban las aguas mansas y pardas del Río Saigón. Fue durante aquellos años cuando la ciudad se ganó el apelativo de la Perla de Oriente.
Sería en 1954, como consecuencia de la división del país impuesta por las Naciones Unidas, cuando Saigón se convertiría en la capital de la recién inaugurada República de Vietnam del Sur. La situación se mantuvo hasta 1975, año en el cual la ciudad cayó en manos de los comunistas. Los vencedores de la guerra trasladaron la capital al Norte, a Hanoi, mientras que rebautizaron a la gran ciudad del Sur como Thanh Pho Ho Chi Minh (literalmente, ciudad de Ho Chi Minh), en honor del fundador del Estado vietnamita. En la actualidad, Saigón es una urbe de casi 8 millones de habitantes. Una ciudad caótica e inabarcable que se extiende sobre una superficie de 2.000 kilómetros cuadrados a orillas del río homónimo, a 80 kilómetros de distancia de la costa. Dividida en 17 distritos urbanos y cinco rurales (el distrito uno corresponde al centro de la ciudad), sigue siendo la capital económica y comercial del país, la más occidental y vibrante de las ciudades vietnamitas. A pesar de que Ho Chi Minh sea el nombre oficial, Saigón se sigue utilizando por muchos de sus habitantes, e incluso cada vez más en esferas oficiales orientadas hacia el exterior. A nadie se le escapa que la palabra Saigón resulta mucho más evocadora y vendible que el mote de guerra del viejo general norteño. Existen muchas teorías que tratan de explicar el origen de la palabra Saigón. Creen algunos que se trata de un préstamo del chino que vendría a significar campo de algodón, en referencia a las plantaciones de esta especie que los jemeres cultivaban alrededor de la ciudad. Otros en cambio, afilan todavía más y defienden que el significado originario de la palabra era el de bastoncillo de algodón. Sin ánimo de entrar una polémica que me supera, yo me quedo con esta última hipótesis por higiénica y porque da gustito.
EL PHO O EL ESPÍRITU DE VIETNAM

El pho es el plato más popular de la cocina vietnamita, hasta el punto de que muchos se refieren a él como la sopa nacional de Vietnam. Es un plato simple: un caldo de tallarines de arroz con carne de ternera, aunque cualquier vietnamita te dirá que es mucho más que eso. Para la mayoría el pho representa la vida, el amor, los recuerdos en buena compañía y todo aquello que realmente importa. Es además un plato sociable, pues son muy pocos los vietnamitas que lo cocinan en casa. La mayoría prefiere acudir a los restaurantes de pho, y los hay por todas partes. Puestos callejeros en los que el caldo hierve día y noche, vendedores ambulantes que transportan ollas tan grandes como ellos mismos atadas a varas de bambú; o locales ruidosos y atestados donde los vietnamitas hacen largas colas para conseguir su tazón de pho por las mañanas, las tardes o las noches. Porque el pho, como las cosas buenas de la vida, no tiene horario. Tan importante resulta este plato para la cultura vietnamita que Huu Ngoc, un prolífico autor del país especializado en temas culturales, escribió en una ocasión que el pho era la mayor contribución de su país a la felicidad humana. Ahí queda eso.
No existe acuerdo sobre los orígenes de este plato. Algunos lo atribuyen a la influencia francesa, pues fueron ellos de hecho los que popularizaron el consumo de la carne de ternera (sospechan que la palabra pho proviene de la receta francesa del pot au feu); otros en cambio consideran que fueron los chinos, con sus tallarines, jengibre y anisete, y sobre todo, sus 1000 años de ocupación, los que inspiraron la receta, aunque poco importan todas esas discusiones cuando uno se sienta ante un buen tazón humeante de pho y se le empañan las gafas.
Los vietnamitas son gente poética y suelen utilizar la comida como un eufemismo para referirse a sus relaciones personales. Y si el arroz se suele identificar con el esposo o la esposa, la rutina y la seguridad que ofrece la vida hogareña, el pho alude al amante, a la pasión y al riesgo de la aventura.
Aunque en la actualidad los restaurantes de pho proliferan por todo Vietnam, durante un tiempo fue un producto de lujo, casi de contrabando. Eran los años de la hambruna, la década de los 80, justo antes del despegue del doi moi, la perestroika vietnamita, cuando hasta el arroz resultaba insuficiente pata evitar que la gente muriera de hambre en las calles. La carne entonces estaba racionada y utilizarla para hacer pho se consideraba poco menos que un desperdicio. Los vendedores ocultaban sus ollas en los callejones y únicamente vendían a los clientes de confianza. No ha pasado mucho tiempo desde aquello, aunque en Vietnam los cambios se suceden cada vez más rápidos. Por suerte hoy en día no hay nada más fácil que encontrar un sitio para degustar un cuenco de pho bien caliente.
Y pocas cosas como ésa se disfrutan tanto en el país del Dragón.
¡FELIZ AÑO NUEVO CHINO!

Como sabéis, el pasado 7 de enero se celebro en buena parte de Oriente el año nuevo chino. Esta fiesta se celebra en multitud de países aunque en cada uno de ellos adquiere unas connotaciones distintas. En Vietnam esta celebración recibe el nombre de Tet Nguyen dan o Nuevo Año Lunar es sin duda la fiesta más importante para todos los vietnamitas. Es difícil de entender el peso de esta fiesta para un extranjero, una celebración que se asemeja a veces a nuestra Navidad, pero también al día de Todos los Santos y al cumpleaños, no de un individuo, sino de toda una colectividad. El Tet es sobre todo una fiesta que celebra la comunión de los humanos, la armonía del universo y la purificación que trae el inicio de un nuevo ciclo. Es una liturgia muy apegada al sentir oriental, a los movimientos cíclicos de la Naturaleza que han inspirado desde siempre su filosofía y visión del mundo, pero que sin embargo se celebra de distinta forma allí donde tiene lugar. Por lo general las familias se reúnen bajo un mismo techo e intercambian regalos envueltos en papel escarlata, el color de la buena suerte. Los vecinos y los amigo se visitan, dejando buenos augurios y deseos de buena fortuna para el ciclo que ya se inicia.
Debido a su carácter lunar, el Tet no coincide con ninguna fecha exacta de nuestro calendario gregoriano, sino que se celebra cada año en un punto entre los diez últimos días de enero y los veinte primeros de febrero, a medio camino entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera. Aunque la fiesta se alarga alrededor de una semana, la festividad del Tet dura oficialmente tres días, días durante los cuales cada acción es determinante e influye en la buena o mala suerte que acompañará a cada persona y su familia durante los doce siguientes meses. Se obra con cautela, de la mejor manera e intención, enterrando el hacha de guerra y las trifulcas que hubieran podido surgir a lo largo del año. Los niños prometen portarse bien y los mayores evitan las palabras malsonantes, visitan las pagodas y ofrecen limosna a los mendigos que leen el futuro en las palmas de las manos. Se rinde también homenaje a los muertos, que se son convocados y bajo cuyo auspicio se celebra el tránsito del viejo al nuevo año. Sus altares caseros se iluminan con barritas de incienso la noche previa al nuevo año, vasos de alcohol, tea y agua fresca son dispuestos junto a sus retratos, así como cañas de azúcar, los bastones que los ancianos necesitarán en su vuelta al mundo de los vivos.
La primera vistita del año que recibe cada familia adquiere suma importancia, al considerarse un auspicio de la incierta fortuna que traerá el año recién inaugurado. Los niños se visten con las mejores ropas y los padres intentan atraer a personas especiales, longevas, agraciadas con algún don o una descendencia sana y numerosa, con la esperanza de que el futuro les depare la misma suerte.
El Universo es cambio, renovación permanente, y el Tet celebra la purificación del mundo justo cuando los cambios comienzan a hacerse perceptibles. La noche empieza al mediodía, rezaba el adagio taoísta, y así la Naturaleza y con ella el hombre muda su piel gastada, renueva su juventud y recobra su frescura y pureza, enfrentando el nuevo año con la esperanza de un sol naciente.

